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martes, 2 de junio de 2009

No me toquen a la nena


Los seres humanos somos, según se dice, neuróticos, sicóticos, o perversos, pero cuando de celos se trata, la gente no piensa en las estructuras que nos definen, y siempre se pregunta si hay una distinción entre los celos masculinos y los femeninos.

Dejando la infidelidad de lado, que es lo obvio, y no tiene sexo fijo, en la cotidianeidad, los hombres no queremos que a ellas las toque nadie, y cuando digo nadie, es Nadie, salvo nosotros.

Las mujeres se quejan de otro sentido, del de la vista: las atormenta la mirada masculina (no la que posan los otros tipos sobre ellas y parece que las van a dejar embarazadas) si no la que sus novios, maridos, amantes, enfocan en otras. Y al decir otras digo a Todas las Otras, incluyendo a las virtuales, las de las tapas de revistas, carteles y las de Bailando Por Un Sueño.
Democracia y destape, martirio femenino
Debe ser difícil ser una muchacha celosa hoy, cuando en los mega afiches se exhibe Araceli en paños menores y las chicas de Tinelli (¿y de Sofovich?) muestran sus partes pudendas a todo color en pantalla gigante.

Argentina ha vivido muchos años bajo dictaduras temporarias que siempre dejaron pesadas secuelas.

En los recreos de democracia, los medios de comunicación apostaron a exceder los límites en las imágenes y en el lenguaje, siempre con fines ultra comerciales.

Del 84 en adelante algo que comenzó a inundar lentamente los quioscos de diarios fueron las publicaciones con tapas “triple equis”. Primero aparecían en revistas bizarras cubiertas por bolsitas negras. Después se cayeron las bolsitas y hasta en la portada de un magazine sobre ajedrez te metían la mina en bolas delante. Y de las sugerencias abiertas, triviales y a veces atrevidas de la fotografía de la década del setenta y principios de los 80, se pasaron a las poses y semidesnudos que funcionaban como símbolo detonador, como espuela que evocara sensaciones y deseos inhibidos en los consumidores de una sociedad sufrida.

Claro que esas tapas de revistas y esas bailarinas de tv que brillaban alrededor de Roberto Galán eran “monjas de clausura” relacionadas con las que vimos en los últimos años. Me refiero a que las poses sexuales de las chicas de algunos shows hiper mediáticos y de las portadas en las que están ofreciendo el trasero desnudo en primer plano a la humanidad, ya resultan una pedrada en el ojo.

Si es cierto que existen el Yo, el Súper Yo y el Ello, como aseguraba don Sigmund, como componentes del aparato psíquico, los editores de esas revistas y los productores de esos programas apuntan directo al Ello. Sin miramientos.

Obvio que conmueven, porque en su descreimiento del erotismo natural humano, bordean el exhibicionismo perverso, (similar al del personaje callejero que se abre el impermeable y está sin ropas), haciendo abstracción total de la presencia de los niños pequeños que las ven en la calle o en la tele, en una edad en la que deberían estar más preocupados por la tabla del dos el teorema de Tales, que por el gran culo moviéndose sinuosamente alrededor de un caño, que los interrumpe en su período de latencia.

Y las mujeres, que viven en eterna competencia preguntándose quién es la más bella, sufren horrores. Pero como decía el sabio, si no puedes alfombrar el mundo, compra un buen par de zapatillas.

De todos modos a Julieta le sobran derechos para reclamar a su partenaire, respeto mientras están tomando café en el shopping, en una sociedad donde sí existen códigos. Si estás conmigo, no mires insistentemente a las otras, porque me hace mal, es una frase que reclama respeto y consideración, y no está de más si el salame es un fisgón y un baboso desubicado.

No la toquen a ella
En las reuniones de amigos, cuando se trata el tema de los celos, pareciera que las únicas celosas son las mujeres, permanentes Blancanieves angustiadas, inspectoras de bolsillos, agendas y teléfonos celulares, atravesadas por la desesperada obsesión de controlarlo todo en la vida de sus “bombones” a los que ven como animalitos salvajes.

Muchas afirman que empezaron a ser así después de sufrir un engaño inesperado (de esta u otra pareja anterior) o desde que el papá abandonó a su mamá por otra mujer y no llamó nunca más.
Los tipos, en cambio, se sienten incómodos por los cambios conductuales de la mujer moderna, la que trabaja, estudia, practica deportes, asegura tener amigos varones, baila y viaja sola, sin su macho fijo. El Otro humano con pitito y bolas, generalizado, ya sea un Brad Pitt o el jorobado de Notre Damme (que por algún peso que lleva se jorobó) son enemigos potenciales.
De pronto algunos fulanos se angustian porque ella quiere hacer un curso de actuación teatral como si el presunto ladrón de su novia sólo pudiera hallarse en ciertos lados y otros no. ¿Por qué su movedizo profesor de salsa tiene que ser sí o sí el que nos hará “cornudos”, y no, en cambio, el puntual sodero, o un simple francés con libros con el que se choque en la calle, como ocurre en las películas? ¿Cómo evitar su convivencia diaria con otros empleados, estudiantes, jefes, cuñados, etc.?

Garantías no existen y además, hombres hay millones, la única que decide es ella.

Pero la realidad es que la infidelidad es el síntoma, no la enfermedad, ya que nunca nos dejan por otro, siempre es por nosotros mismos. Ella no es una valija que nos pueden robar en la Terminal de Ómnibus porque nos descuidamos un instante.
¿Y qué hacemos con la angustia?

La angustia, primero que nada hay que reconocerla, algo que a los Romeos no les gusta porque los hace mostrar débiles. Ellos pasan a la estación de trenes siguiente, que es la agresividad.
Pero el motor de la demanda, de la queja de amor, fue la angustia. ¿Cómo reducirla?

Un varón debería preguntarse todos los días al contemplar a la mujer que quiere: “¿puedo vivir sin ella?”, “¿soy capaz de continuar mi existencia si me deja?”.

Mientras la respuesta sincera sea sí, la convivencia será una comedia, y no una tragedia, y él le dará a ella libertad para que se inserte en la sociedad de manera creativa y evolutiva, y también él tendrá fuerza interior para decirle “adiós, querida”, en cuanto ella tenga una actitud confusa, equivoca o histérica con otro tipo, especialmente delante de él, sea por lo que fuere.

Porque en definitiva esa es la única seguridad que podemos construir en la vida, la de que, pase lo que pase, vamos a sobrevivir sin el otro, que es simplemente otro, y nada más que otro, una criaturita de Dios, que hace pis y caca como todos, y que es semejante a nosotros.

martes, 30 de septiembre de 2008

Sobre un taller de reflexión para celosos y celados


Yo estudié psicología social pensando en investigar los pactos psicológicos del público con la televisión (o sea, dilucidar las sinrazones por las cuales la gente reclama una programación mejor pero luego le da rating a las producciones que critica).  Pero cuando tuve que escribir mi tesina de grado, mi profesora-guía me pidió que eligiera una temática menos mediática.
¿De qué corno escribo?: murmuré preocupado. Pero, y  dado que, como dijo el mítico John Lennon, la vida es lo que pasa mientras estamos pensando en otra cosa, el tema vino a mi solito.
 
Algo personal
 
Yo pasé años y años creyendo que no era celoso, tal vez porque había olvidado las peleas que tenía con mi hermano cuando mi mamá le servía un milímetro más de flan con dulce de leche, o porque con mi esposa (la que,  por aquello de que el amor tiene que ver con la química, me trataba como si yo fuera un deshecho tóxico) jamás tuve una pelea por celos.

Pero una vez liberado de mis primeras náuseas, perdón, nupcias, tuve la infeliz idea de salir con mujeres muy jóvenes, creyendo que allí encontraría minas de buen carácter, hasta que terminé por armar pareja con una locutora de radio mucho menor que yo.  Mi hermano me bautizó “ladrón de cunas”, y mis amigos me llamaban Cris Morena, porque decían que yo hacía mover a las chiquititas.

En aquellos días mi “young lady” conviviente no se animaba a emprender una segunda carrera terciaria y yo la animé a hacerlo. La noche que ella regresó a casa después de su inicial día de clases universitarias se fue a dormir muy cansada. Yo estaba en el living meditando sobre el objetivo de mi tesis cuando me encontré delante del cuaderno que ella había dejado sobre la mesa, y mi mente fue sorprendida por una pregunta inesperada: “¿habrá anotado ya el teléfono de algún compañerito de facultad?”.  Y no pude evitar abrir la tapa y revisarlo. Miré hasta la última página vacía y lo cerré de golpe, colorado de vergüenza: ¿por qué hice esto?.

Buscando la respuesta a ese acto sobrevino la aventura intelectual y vivencial que empecé días después.
 
Cuando los celos te carcomen
 
 Hay quién desea ser torero y termina como astronauta. Yo, que soñaba escribir una comedia para la televisión mexicana, desde el año 2005 soy el coordinador del, creo, único taller de reflexión y mutua ayuda de la Argentina (¿y del mundo?) dedicado a los celosos y celados. Se desarrolla en un espacio público con entrada libre y gratuita, y se titula Cuando Los Celos Te Carcomen. Con el mismo título escribí un libro, inédito aún.

El sábado 3 de septiembre del 2005, cuando iba camino a mi primera charla sobre los celos en una escuela frente a Plaza Italia me preguntaba: ¿vendrá alguien a escucharme?. Pues sí,  me esperaban cien personas (no dejaron entrar más porque no cabían en el aula).  Gente rica y gente pobre,  celosos y celados que iban desde los 20 a los 80 años, solos o en pareja, heterosexuales y gays, seres agobiados por el miedo al ataque y a la pérdida de sus vínculos cotidianos.

El espacio permanente se abrió luego en otro sitio, el Hospital Tornú, para el cual creé pequeños sketches, dramatizaciones, juegos, técnicas de acción y propuestas para la simple discusión que parte del relato de los participantes. Desde entonces, todos los miércoles, como el Capitán del Enterprise, inicio la reunión con personas nuevas que se suman y otros veteranos talleristas, haciendo un viaje que siempre nos lleva a un puerto que nos despierta una visión superadora del mundo, ya que en definitiva, para brincar sobre el charco no podemos evitar tomar envión como para saltar un océano. Y eso intentamos hacer.
 
¿Por qué sentimos celos?
 
 Junto con la voracidad y la envidia, los celos son uno más de esa trilogía de afectos inevitables que nos invaden a poco tiempo de abandonar el paraíso del útero materno. Al principio somos Uno (pero no con el Universo, como diría Kung Fú, el pequeño saltamontes) sino con la teta salvadora de la madre. Pero tarde o temprano llega ese día en el que descubrimos que Yo y No-Yo son dos lugares distintos, y que ese No-Yo que nos acariciaba y nos daba de comer, tiene marido, otros hermanos, trabajo, amigas, un perro, una computadora para chatear….y nos preguntamos…¿ahora de qué me disfrazo para llamar la atención y para volver a ser el Único?.  

Así estrenamos ese fulero sentimiento de exclusión.  Fulero y a la vez necesario para crecer.
Y por si esto fuera poco, entramos a una cultura y a un lenguaje que nos toma de entrada y nos informa que el matrimonio es de a dos,  que el adulterio está prohibido por la Ley y por la religión, es decir,  ni se te ocurra desear a la mujer de tu prójimo (empezando por mamá). Y nos insisten con que, como somos seres volubles, imperfectos, que venimos de un pecado original, siempre hay un sospechoso adentro del dormitorio, y un enemigo afuera que se lo quiere robar. 

 Y ante el brote que puede seguir a esta perspectiva, para un celoso/a  los hombres son vistos como animalitos alzados que se quieren voltear hasta a la estatua de Lola Mora, y la mujeres como más fáciles que la tabla del uno y están anhelantes por tener más puestas de espaldas que el Caballero Rojo.

Por si esto fuera poco, el dios Mercado promueve el individualismo extremo, la realización full-time del éxito profesional y comercial, que tapa el ruido de las preguntas fundamentales: ¿existo? ¿quién soy? ¿quién me va a querer?.  Y ante la liberalización de las costumbres (“mi amor, yo te adoro pero me voy al alter office con mis compañeros y luego a bailar sola con mis amigas”) hasta los celos, en pequeña medida, se vuelven un mecanismo de defensa social.
  
 Se me saltó la térmica
 
¿Cuándo los celos son patológicos? Seguro te estarás preguntando eso.
 Los celos son como la pimienta, que en poca cantidad da sabor y en exceso intoxica. Son un motor pulsional, erotizan al otro y nos exigen atención y esmero. Pero cuando al celoso se le salta la térmica, el celado se siente asfixiado, castrado, no se puede insertar creativamente en la sociedad, se auto-secuestra. O sea, como cantaba Cortez, todo es cuestión de medida.

Y cuando la marea supera el dique, el o ella revisan bolsillos, celulares, casilla de correo, contratan detectives, torturan a su media naranja con interrogatorios de Guantánamo. Y eso es porque su dependencia emocional del Otro, es extrema, como cuando era pequeño y demandaba exclusividad a sus papis, solo que de adulto, regresar a esas etapas del autoerotismo y el narcisismo es exigir lo imposible, y a un altísimo costo. Los delirios paranoicos, las ansiedades psicóticas nos proponen un tour que va de la violencia verbal y física hasta estar en Policiales de Crónica Tv en un puñado de estaciones. Y mientras tanto, antes que eso, ya dimos y soportamos una convivencia de tragedia, no de comedia.
 
 Aceptar la falta, el agujero infinito ("¿Lo qué?") 
 
Una vez nacidos, el mundo perfecto se perdió. Buscamos la completitud en ese otro/a que nos va a amar, en una vocación, teniendo hijos, plantando el árbol, escribiendo el libro, pero nada nos puede saciar, porque el registro de carencia debajo del cielo es inesquivable, y la ruptura entre lo que siento y lo que digo que siento también. De ahí que amar es siempre dar lo que no se tiene a alguien que no es. Y cuando Romeo y Julieta afirman que son el uno para el otro, el otro no es ninguno de dos.

Pero al menos, lo que debemos comprender es que no somos el burro detrás de la zanahoria, como indicaría el párrafo anterior, si no que lo que nos impulsa es el agujero infinito e imposible de llenar, que quedó atrás en el tiempo: me refiero a esa experiencia mítica de satisfacción que fantaseamos que vivimos alguna vez,  y que no volverá jamás.

 Nuestro trabajo en el taller es ése: la autoconciencia y el des-apego. Nunca le digo a alguien: estás loco, tu esposa nunca te va a engañar, o, tu marido jamás se va a enamorar de otra. Porque no lo sé.

Y aunque sugerimos la renovación de la palabra confianza, la verdad es que no hay garantías, y pese a la máxima certidumbre prometida hasta las Torres Gemelas se pueden derrumbar. Por eso,  esa Seguridad que se le reclama a los celosos no es la de que nadie los va a traicionar o abandonar, si no, la seguridad de que lo van a poder soportar, como ya lo hicieron alguna vez, cuando dejaron de ser el gran Uno para el gran Otro que les daba la mamadera.
 
Frases para el calendario 

Finalizando, gente valiente que llegó a este renglón, les quiero repetir algunas  frases que a veces comentamos en el taller:
 
El amor es la única posesión en la que no se posee nada.
Yo sostengo la punta del hilo que me ata.
Pensar fácil, hacer fácil.
Duro con el problema, blando con las personas.
En vez de esperar que alfombren el mundo, calcemos un buen par de zapatillas.
Toda queja es una demanda de amor.
 
Y vimos que:

Aunque algo sea impensable para uno, no quiere decir que no exista y que uno no lo tenga que aceptar.

Hay una realidad que se auto-crea.
La significación de las cosas no sale de las cosas mismas, sino de nosotros.
La percepción de la realidad está determinada por la estructura psíquica del sujeto.
El pasado que recordamos es una construcción que nunca porta una verdad inmutable aunque inventemos instrumentos para cristalizarlo.

Tenemos creencias fijas que nos condicionan (las mujeres son…los hombres son…)
No somos objetos pasivos de lo que nos sucede, también elegimos estar donde estamos.
El cambio depende de la intención nuestra que llevamos adelante en cada paso.
Todo vínculo nos implica una relación costo-beneficio.
La buena noticia es que los celos enfermizos se curan, la mala es que depende de nosotros.
 
Estas son algunas perlitas que fuimos recogiendo de aquí  y de allá, intentando cumplir lo que me sugirió aquella profesora  que les mencioné al principio: “Luis, no te olvides nunca que hablar es una necesidad, pero escuchar, es un talento”.