martes, 20 de mayo de 2008

Cuando ella almuerza con su pasado


Trascendió que Su Gimenez se encuentra cada tanto con su ex, Jorge Rodriguez, para comer y hablar de negocios. Quisiera saber cuánta gracia le causa esto al actual novio de la diva, porque me pongo en el lugar de un tipo al cual su esposa le anuncia que irá a almorzar periódicamente con alguien que amó.

Yo deduzco que va a sentir escarabajos, no mariposas, en el estómago.

Pensemos qué le podría pasar a ese personaje imaginario.

Primero va a filosofar y se dirá en voz alta: “si te enganchaste con alguien que ya tuvo hijos con otro, es inevitable que se vea con esa persona por los temas que impone la crianza de los chicos. Lo mismo ocurre cuando una mina es o fue socia de su anterior marido, es decir, los vincula una empresa en común. Pero si no hay críos ni bienes a repartir y ni siquiera un juicio de divorcio que los obligue a juntarse…¿por qué se siguen citando?”.

Una vecina que lo escucha intenta tranquilizarlo y le grita desde su ventana: “Che negro, muchas mujeres declaran frescamente y con una sonrisa de oreja a oreja que su ex es su mejor amigo, y que por eso van a un restaurante cada tanto, se cuentan sus cuitas, se aconsejan, y toda esa bola”.

Pero lo que ella no entiende es que el esposo actual de la dama, el héroe anónimo de estas líneas, vive la inesperada sensación de ser, ahora él, el tercero excluido. Y cuando se lo comenta a los amigos, ellos empiezan a preguntarle quién disolvió aquella pareja, y sugieren como detectives sabios: “Si el final fue decisión de ella no hay peligro, porque la mujer es como el Ital Park, cuando te baja la cortina es para siempre, en cambio, reflexionan, si el que la pateó fue él, por ahí ella se sigue ratoneando con el tipo”….Y lo palmean en la espalda.

Entonces nuestro protagonista va corriendo a ver qué opina su mamá, y ella, mientras prepara los ravioles, le cuenta sonriendo: “la cara que ponés me recuerda el día que te anuncié que ibas a tener un hermanito y entonces me preguntaste con lágrimas en los ojos: “¿pero qué pasa, no te basta conmigo?”.

Más desorientado que sordo en terremoto, corre luego al psicólogo, el cuál, entre pitada y pitada de su pipa lo aburre con el tema del falo, el pene, el pitulín, y el problema que ocasiona tener, porque cuando uno tiene algo sabe que lo puede perder. Y la última frase lo hace despertar, se toca el cuerpo, exclama: ¿perder?¿perder qué?.

Más tarde, en una clase de teatro, empieza a ensayar cómo decirle a ella una vez más, inútilmente, que no lo vea más a su ex. Pero inmediatamente toma conciencia de que coartarle su libertad es un sin sentido. En ese instante se da cuenta que lo mejor que puede hacer es demostrarle a esta mujer saturada de independencia, que hay otra manera de cortar relaciones. Y es ahí cuando prepara sus valijas (o las de ella) y le dice buen provecho, y hasta nunca, pero un nunca nunca, un nunca en serio, un nunca, nunca más.

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