viernes, 5 de septiembre de 2008
Día del maestro ¿qué celebramos?
Cuando el titular de alguna cátedra universitaria nota que sus alumnos tienen actitudes infantiles no se comprometen con el estudio y al final del cuatrimestre exigen histéricamente aprobar a toda costa, seguramente le echará la culpa a la mala formación teórica y moral recibida por ellos en la escuela secundaria. A su vez, los sufridos profesores de nivel medio, que se topan a diario con “Jaimitos y novias de Chucky” que los someten a bromas pesadas (que además filman y suben a Internet) exclaman que la responsabilidad cae sobre los maestros, que los formaron haciéndoles creer que el mundo es un eterno kindergarden.
Pero los aludidos, nobles pichones de Sarmiento, declaran que el material humano que reciben en la primaria ya viene de fábrica irreverente, ajeno a todo principio de autoridad. Y les atribuyen la autoría de semejante licuación de categorías a los progenitores de los locos bajitos, imaginando que rápidamente les cortaron el cordón umbilical y luego les dieron un chupete, el celular y una abuela o una mucama que les consulte a diario, temerosa, si se quieren poner los escarpines o no.
No sé quién tiene razón. Si sé que los educadores ya no solo temen a las agresiones en clase, si no también a los papás de los educandos. Porque para algunos papis, el nene no merece un cero por haber escrito en una prueba que la Eulogia Lautaro era la novia de San Martín, y la nena no debe ser amonestada por iniciar la fogata de San Pablo en el peinado de la profesora, ni el caballero que le metió una piña al decano porque le desaprobó un parcial tiene que dejar la materia.
Entonces, pienso, alguien debería responderle a los docentes, este 11 de septiembre: ¿dónde se fueron esas blancas palomitas que alegraban la vida de Jacinta Pichimahuida? ¿Qué agujero negro del tiempo hizo desaparecer esos muchachos humildes y respetuosos del conocimiento que imaginó Abel Santa Cruz en su Quinto Año Nacional? ¿En qué vericuetos de la economía de mercado se les diluyó a las instituciones privadas educativas el tan mentado perfil del egresado para trocarlo por el dilema de no perder un alumno que paga al día la cuota, un cliente al que no hay que desaprobar, aunque el chico sea mudo y estudie locución?
Lo cierto es que en un país sometido a recurrentes dictaduras, crecimos discutiendo todo criterio de autoridad. Pero ya hace un cuarto de siglo que gozamos de la democracia, y es hora de revisar esta actitud constante.
La función (en lo psicológico) del padre como soporte de la Ley posibilita el ingreso del sujeto a la cultura, pues accediendo el niño a la metáfora paterna se instala en el orden simbólico que nos impone el vivir en sociedad.
Lo otro es seguir así, asistiendo a esta confusión de roles, mientras un muchachito nos canta en una propaganda televisiva de gaseosas, (vanagloriando las bolu-actitudes de los chicos), ¡qué bueno es vivir como esta gente!
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