martes, 7 de octubre de 2008

Ellas siempre nos dejan


Sí, queridos lectores/as, las mujeres viven gritando a los cuatro vientos que ya no hay hombres, pero cuando consiguen algún Romeo,  tarde o temprano lo ponen en la papelera de reciclaje y sin más trámite apuntan con el “Mouse” la crucecita de “eliminar”.

Obvio que hay tipos que mejor perderlos que encontrarlos, especialmente los infantiles, egocéntricos, insuficientes, frívolos full-time, vagos, indecisos, confundidos sexualmente, impotentes, golpeadores, y demás bizcochuelos humanos que fueron sacados del horno a destiempo.

Pero también están los otros, los que ellas desean y envidian cuando los disfrutan sus amigas, los príncipes azules, los galantes caballeros, los afectuosos, sexualmente activos, protectores y atentos, los que las escuchan en silencio, los que las hacen reír y las cuidan todo el tiempo hasta que….llega ese día nefasto en que ella les pone cara de esófago afligido y les escupe el tan famoso: “no sos vos, soy yo, ya vas a encontrar una chica que te quiera como vos te merecés”.

Que las minas son seres complicados, no es un secreto, y ellas mismas están prontas a reconocerlos. Veamos. De jovencitas eligen siempre al malo, a sabiendas, probablemente como diría don Sigmund, huyendo de las fantasías incestuosas que les produciría aceptar al bueno…como papá. Pero luego lo quieren mejorar, y si lo logran, instantáneamente se des-enamoran, porque a esa edad una relación seria y constructiva las aburre. Y de golpe, al  muchacho lo eyectan con un: ¡sos maravilloso, genial, incomparable!… pero necesito algo más en mi vida, yo creo que nos tendríamos que haber conocido de aquí a dos años..”

Pero  luego crecen y mientras siguen esperando al amor de sus sueños, se casan. Son mamás tiempo completo, hasta que una noche se dan cuenta que no hacen nada para si mismas y vuelven a entrar en crisis. Como buzo al que le quitaron la escafandra comienzan a exigir bocanadas de aire, reclaman espacio, y pretenden lograr en dos semanas todo lo que no hicieron en veinte años. El marido en cuestión se siente más desubicado que chupete en la oreja, y es entonces cuando ella lo sorprende con esas frases femeninas que  anuncian el terremoto: “tenemos que hablar”, “necesito un cambio de 180 grados en mi vida”, “no sé si me estoy equivocando pero es algo que debo hacer”, y así sucesivamente.

El problema mayor es el siguiente: en el amor hay dos posiciones extremas, la de ser amante y la de ser amado. La primera es la del que da, la segunda es la del que solo recibe.

Ellas pretenden alguien que sea interesante y misterioso, completo, sin falta, como el que solo recibe, pero que a su vez, cada tanto demuestre su angustia de castración y pida, necesite, se baje del pedestal. Pero ¿Dónde van a hallar a un fulano así? Yo creo que no existe, y si existiera, ellas tarde o temprano le dirían: “Sos tan perfecto que me asustás,  creo que no estoy preparada para esto. Adios”.

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