jueves, 12 de febrero de 2009

Los imbancables del cine


Las modernas salas cinematográficas son cada día más confortables, y buscan lograr que el público se sienta cómodo en su amplio asiento reclinable, disfrutando de una película proyectada con tecnología digital y sonido estereofónico y envolvente.

Pero tal vez porque no hay acomodador ni vendedor de chocolates en el pasillo,  ocurre que algunas personas realmente se creen que entraron al living de su casa, y les importa un pito el universo que los circunda. Y sí, muchos coterráneos no se caracterizan por el respeto al prójimo en los lugares públicos. Y a veces, cuando esa gente va a los cines,  tenga la edad que fuere, se comporta como un adolescente  hedonista, y malcriado. Estos insoportables espectadores, los insufribles de la butaca son, por ejemplo:

Los que llegan tarde, siempre tarde, y molestan para entrar, tapan la pantalla, te pisan, se caen, o se quedan parados protestando porque no encuentran un lugar.

Los que jamás apagan el celular, pese a las recomendaciones que se dan previamente, tardan cinco minutos en acallarlo y a veces también responden el llamado.  Y si les decís algo se enojan como si uno fuera más desubicado que chupete en ombligo.

Les siguen quienes revisan sus mensajes de texto proyectando un haz de luz ante los que los rodean, que se distraen de inmediato.

Nos matan los que se compran toda la comida chatarra que se vende afuera, incluyendo salsas calientes con olor a cebolla y ajo, y se sientan a nuestro lado con una humeante bandeja de mozo a comer durante una hora. En la pantalla, mientras, disfrutamos un paisaje del fondo del mar en el Caribe…con olor a papas fritas.

Los que traen el balde de pochocho no huelen mal, pero están croando en tu oreja todo el tiempo. Y a veces la gaseosa se la venden en lata y la abren haciendo ruido a despegue de APOLO 23. Solo les falta el eructo.

¿Sigo?.  Luego vienen los que, sentados detrás de ti, te dan pataditas sincopadas en tu respaldo, los que charlan de su vida como si estuvieran en la peluquería,  o le explican a alguien medio sordo o estúpido la película, escena por escena, o peor, murmuran que ya la vieron y le cuentan el final.

Otros ejemplos inexplicables los dan esas parejas que van con su bebé de un mes a ver un film de Woody Allen, y cuando el crío empieza a llorar a gritos, de aburrimiento o de hambre,  no son capaces de levantarse e irse, hasta que alguien convertido en Herodes los persiga. Pero no ocurre.

Si tu nariz funciona bien, descubrirás a los que se tiraron encima medio litro de perfume barato o al revés, hace días que no tocan un jabón, y  los que te soplan la respiración mezcla de dientes con sarro y humo de cigarrillo viejo, y te preguntás porqué con el boleto de entrada no te dieron una máscara antigás para protegerte.

Algunos otros parecen camioneros en un alto en la ruta, porque se recuestan sobre los apoyabrazos, cuelgan su saco en el asiento de al lado,  descansan sus pies calzados sobre el filo de la butaca de adelante mientras abren durante minutos paquetes de celofán para comer una gomita mentolada. Y si el asiento es reclinable algunos bolu-espectadores comienzan a hamacarse como si estuvieran en la mecedora del abuelo o en el arenero de la plaza.

Y lo peor de todo es que no me he referido a un cine del barrio bajo de Villa Tachito si no a esos alfombrados y lujosos cuya entrada vale igual que ir a ver a LUISMI en primera fila, y donde parecen ir las mujeres de los escribanos, y sus amantes psicólogos post freudianos, más sus nietos que juegan la rugby, al jockey y Pinamar les parece un lugar pobre. 

Y al final de la proyección, encima se paran de golpe y no te dejan ver el nombre del director o escuchar la música en paz, tanto como para que su saboteo egocéntrico sea perfecto.

En los cines de hoy solo nos falta que entren las barras bravas, los piqueteros, el huracán Katrina y el número vivo con el trío Los Gladiolos, a cantar, como cuando yo era chico. Porque todos los demás males ya los tenemos. Paciencia, ya llegarán.

No hay comentarios: