lunes, 16 de marzo de 2009

Dejenlo tranquilo a Fabbiani


Mi vieja siempre fue sobre protectora y un poco hincha-cocos.

Ya falleció, pero días pasados la recordé cuando vi en el diario una foto del “ogro” Fabbiani junto a su madre, la cual le mostraba una olla humeante con una deliciosa comida.

La  nota afirmaba que Cristian Fabbiani, el famoso jugador de River, es un ídolo inflado. Y no pretendía representar con esto que la prensa hubiera potenciado exageradamente su imagen pública. Cuando lo definen como un delantero “de peso” se refieren a que el muchacho está un poco gordito, y todos los comentarios apuntan a su mamá, que según parece, hace comidas riquísimas y pertenece a la liga de madres sobre-protectoras.

¿Qué hombre que se precie de tal, no ha tenido una madre sobre-protectora?  Desde Caín y Abel hasta Cristian Castro, muy pocos se han salvo de alguna.

Ellas nos sueñan y cuando nacemos nos dan el amor, el lenguaje y el alimento que nos permite sobrevivir y convertirnos en personas. Para el bicho humano recién nacido, son  Dios.

Las hijos varones, según aseguran los psicoanalistas, las hacemos sentir completas. Pero esa ilusión les debería durar un tiempo, que algunas pretenden que sea eterno.

Mi vieja, en parte, era así.  De chiquito me obligaba a tomar sopa de sémola, avena, arroz, y otros cereales con gusto a arena que para peor me constipaban.  Más tarde no se bancó mi delgadez adolescente y me hizo aplicar unas inyecciones de vitaminas que venían en un líquido aceitoso y espeso que tardaban minutos en recorrerme la nalga derecha, y después estaba una hora sentado de costado. Cuando cumplí los 21 se le antojó que esa novia que yo tenía era ideal para mi y que no debía dejar pasar la oportunidad de casarme con ella. Y para peor le hice caso. Claro que el error lo pagó caro cuando varios años después me recibió de huésped recién divorciado,  y aunque yo había ya criado dos hijos, ella no podía evitar decirme: “¿ vas a salir a la calle con el cabello recién lavado?” .

Finalmente yo le contaba poco de mi vida adulta para que no me llenara la cabeza con sus consejos y recomendaciones. Error, en mi sano intento de independencia no hice más que seguir buscándola parcialmente en otras mujeres como mi psicóloga, mi nueva esposa, una amiga, una compañera de trabajo o estudio, quizás hasta en estas páginas, que ella leía.

Dejemos que Fabbiani siga disfrutando de su madre, que es una sola, pero no eterna, ya que todo lo que ocurre debajo del cielo tiene su tiempo. Y cuando se termina, la mami si que no vuelve más.
 

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