martes, 31 de marzo de 2009
Prohibido estar triste
Sí, te pase lo que te pase, una cruzada de familiares, conocidos y desconocidos te aconsejan que te tomes todo con filosofía light, por cuatro días locos que vamos a vivir. Porque la vida, dice la publicidad de una gaseosa light, es como te la tomás.
Si una prima llorando te cuenta que perdió su embarazo tan deseado debido a un accidente, ya la estás queriendo animar incitándola a que, a la brevedad, pruebe con su esposo concebir un nuevo bebé.
Si un flaco le confiesa a sus amigos varones que está bajoneado porque la novia con la que vivía se mandó a mudar.....primero le toman el pelo, y luego lo invitan a ir, esa misma noche, de levante por los boliches de onda. O le quieren contratar un travesti que lo distraiga.
Presentás una idea o proyecto y ni acusan recibo, o en el peor de los casos, te lo plagian, y cuando tus seres queridos te ven pinchado, aplastado como busto de bailarina, te recomiendan que vayas al psiquiatra para que te recete un antidepresivo o corras a ver a un cura para que te aconseje.
Enciendes el televisor y ya te están gritando que empieces la mañana bien arriba con tal magazine de misceláneas, al mediodía te quieren poner pum para arriba con las bolu-opiniones de Fabio, y te reservan que termines el día “hip hop” con Mariana, Marcelo o Petti.
Y las noticias radiales se mezclan con chistes, imitadores de políticos, mientras los canales desesperan porque Guinzburg murió y Georgina ya perdió el pony como para andar corriendo al cuete por el estudio de TV.
Les queda Mex para romper la bolsa de harina pero cuando parloteaba con Carla no lo veía ni la familia. Para los productores, el dilema es cómo tener rating aceitando el engranaje humano para que vuelva a producir y consumir.
Pero apagás la tele y la tortura sigue.
Si el portero te ve con mala cara se lo cuenta a todo el mundo, y les dice que tenés sida, o los vecinos comienzan a conjeturar diversas desgracias que te podrían estar pasando, que van desde un simple ataque al hígado hasta un aneurisma incurable.
En la oficina te quieren trasladar a la sucursal Cosquín para que respires aire puro, y el ascensorista (que está estudiando Psicología Social) te informa, sin preámbulos, que según afirma Pichón, debes adaptarte activamente a la realidad.
Uno quiere estar a la sombra y le suben la persiana para que lo encandile el sol, y lo llenan de preguntas que suenan como un reclamo: “¿cómo no vas a festejar tu cumpleaños?”, “¿te volviste loco, vas a pasar sólo la Navidad?”. Y de pronto recordamos cuando a los siete años nos caímos de una escalera y recibimos un: “¡no llores, maricón!”
Gente más científica nos pregunta si no tendremos bajo el nivel de litio, o nos revela un mantra para que hagamos meditación trascendental. ¿No serás bipolar? nos diagnostican.
Las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas, cantaba una antigua zamba, pero ahora ni las penas se nos permiten conservar, porque hemos perdido el derecho a estar tristes, a reflexionar en paz y madurar sobre las experiencias dolorosas, a reconocer que las piedras con las que tropezamos también son parte el camino. Peor aún viviendo en este supuesto paraíso de felicidad zapping y el entretenimiento fugaz, del todo bien, de la sonrisa permanente, como personajes entrampados en alguna novela futurista de Aldous Huxley.
Pero ojo, ojito y ojazo: no es sólo generosidad la que impulsa a ese eventual “animador instantáneo” a intentar sacarnos a empujones de la cueva temporaria en la que nos refugiamos.
Esa amiga del alma que nos sacude de la solapa para que se nos caiga la prohibida tristeza, no busca solo desenchastrarnos la censurable melancolía.
Ese “San Bernardo” no llamado ni pedido sufre por un lado de cierto egocentrismo infantil cuya preocupación inicial está centrada en si mismo, en conservar su propia alegría ficticia a toda costa, ese estado evanescente que el triste hace peligrar. Y también ese consejero impertérrito se esfuerza por impedir que a su propia nostalgia se le quiebre el dique, que se contagie de tu añoranza, que las alas de su amargura sostenida se desplieguen, y sus lágrimas salten vigorosas y rueden y rueden como chorros inconmensurables, inundándolo todo, produciendo maremotos, tsunamis, aludes, en síntesis, el fin del mundo tal como lo conocimos.
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